Educación para el bienestar animal: una propuesta de lineamientos generales
La educación es, en teoría, una de las actividades más importantes para reducir el maltrato al que se ven sometidos cientos de miles de animales cada año, Sin embargo, aún cuando todas las protectoras de animales aceptan la importancia de la educación, ésta sigue siendo una actividad marginal.
¿Si la educación para el bienestar animal es tan importante y tiene tanto potencial, porqué no se le da mayor prioridad? ¿Y porqué sigue siendo una actividad casi exclusiva de las sociedades protectoras de animales (no de todas) y no es considerada por otras organizaciones, incluyendo las de educación formal?
Alrededor de 1820 la educación para el bienestar animal empezó a considerarse como una parte importante de la educación humanitaria, educación en valores, educación moral, o como quiera llamarse. Sin embargo, no logró institucionalizarse debido en parte a las diferencias de visión y objetivos entre educadores y activistas.
Las instituciones educativas necesitan cubrir otras áreas que consideran más importantes (y muchas lo son) y no pueden disponer mucho tiempo ni recursos para educar a sus estudiantes en el trato respetuoso y gentil hacia los animales. Entonces, no es de extrañar que la educación que promueve el bienestar animal sea del dominio casi exclusivo de las sociedades protectoras de animales.
Lastimosamente, las protectoras de animales tampoco no han conseguido darle a la educación el lugar que le corresponde. Aunque reconocen su importancia, siguen asignando muy pocos recursos y tiempo a educar a la sociedad.
Jamie Olin, una estudiante de postgrado del Centro de Políticas Públicas y Animales de la Universidad de Tufts (Tufts University Center for Animals and Public Policy) hizo un estudio sobre albergues y protectoras de animales en Estados Unidos el año 2002. En ese estudio, evaluó unas 2800 protectoras y encontró que sólo el 71% realizaban actividades educativas, aún cuando el 100% consideraba que la educación era una actividad de alta prioridad.
Además, Olin encontró que aunque el presupuesto promedio de esas organizaciones era de doscientos mil dólares, el 63% destinaba menos de mil dólares anuales a educación. Solamente el 21% de las protectoras de animales reportaron un presupuesto superior a cinco mil dólares anuales para educación en bienestar animal.
Aunque no existen estudios similares hechos en países de habla hispana (o yo no los conozco), es fácil ver que las protectoras de animales de nuestros países tampoco le dan mucha prioridad a la educación. Basta con averiguar cuántas veces llevan a cabo actividades educativas en los colegios de la zona.
Pueden ser muchas las razones por las que las sociedades protectoras de animales dan prioridad a otras actividades, pero quizás la más importante sea que los resultados de la educación no se ven inmediatamente, sino en el largo plazo. En cambio, los resultados de actividades urgentes, como rescatar animales o darlos en adopción, se ven en el corto plazo.
Aún con estas limitaciones, las sociedades protectoras de animales son prácticamente las únicas organizaciones que promueven el bienestar animal a través de actividades educativas, y son las organizaciones que pueden insertar la educación para el bienestar animal en la vida cotidiana de la sociedad.
Para esto, tienen que ver las limitaciones actuales no como problemas que complican su trabajo, sino como oportunidades para seguir creciendo en su misión. Oportunidades para reducir el maltrato a los animales, oportunidades para mejorar la relación entre animales humanos y animales no humanos, oportunidades para crear cambios permanentes, e incluso oportunidades para conseguir más apoyo económico, social e institucional.
Dada la situación actual, los tres aspectos principales que debieran considerar las protectoras de animales para desarrollar la educación para el bienestar animal como una disciplina seria y efectiva, son:
- Optimizar las actividades de educación no formal
- Introducir el bienestar animal en la educación formal
- Desarrollar y aplicar estrategias de seguimiento y evaluación
Por supuesto, para que estos aspectos sean viables, las protectoras de animales deben contar con educadores dedicados a estas labores. Mientras la educación para el bienestar animal esté a cargo de personal multifuncional que cubre muchas actividades, la educación nunca llegará a ser un aspecto verdaderamente importante en las sociedades protectoras de animales.
Optimizar las actividades de educación no formal
La educación no formal es la educación organizada y sistemática que no está institucionalizada ni conduce a grados académicos. La educación informal, en cambio, es la adquisición y acumulación de conocimientos, capacidades y actitudes a través de las experiencias cotidianas y de la interacción con el medio.
La educación no formal es la que más espacio ha dado a la enseñanza del respeto hacia los animales, y ha sido aprovechada por las protectoras de animales a través de diferentes actividades educativas. Entre estas actividades, las más frecuentes son las visitas de personal de las protectoras a aulas de colegios y las visitas guiadas de estudiantes a los albergues de animales. También se dan, aunque en menor medida, otras actividades de educación no formal, tales como campamentos de verano, seminarios y cursos de temas especializados (adiestramiento canino en positivo, ética en el manejo de animales de laboratorio, etc.).
Lastimosamente, en la mayoría de los casos, las actividades educativas no formales para el bienestar animal se parecen más a situaciones típicas de la educación informal, porque aunque están organizadas, no son sistematizadas ni recurrentes. Los estudiantes que reciben esta educación, suelen realizar las actividades una sola vez en su vida, y el impacto de dichas actividades no se monitorea ni evalúa.
Puesto que la educación no formal puede tener un impacto muy grande en el cambio de actitudes y hábitos, se deberían sistematizar las actividades convirtiéndolas en parte fundamental de la vida educativa de las personas.
Las visitas al aula deben seguir una planificación que permita el desarrollo de nuevos conocimientos y nuevas actitudes, para lo que deben realizarse repetidas veces a lo largo de la vida estudiantil, con temas apropiados para cada edad. De manera similar, las visitas a albergues, así como otras actividades educativas no formales, deben realizarse de acuerdo con un programa educativo de mediano y largo plazo, y no ser actividades ocasionales que se recuerdan como anécdotas.
En la mayoría de los casos, el problema central de la educación no formal para el bienestar animal es que se ofrece como una serie de actividades ocasionales, no planificadas y que no se integran en un sistema organizado y bien definido. Eso es lo que se debe cambiar para poder optimizar la educación no formal que brindan algunas protectoras de animales.
Por supuesto, este tipo de educación debe adaptarse a la comunidad local, buscando integrar a otras organizaciones que tienen que ver con animales, tales como los kennel club o sociedades caninas, colegios de veterinarios, asociaciones de adiestradores, etc. De esta manera, la educación no formal puede llegar no sólo a niños y adolescentes, sino también a los adultos que están involucrados en el manejo, uso y comercialización de animales.
La búsqueda de cooperación entre diferentes organizaciones también ayudaría a que la información proporcionada sea más objetiva y responsable, ya que se podría contar con diferentes puntos de vista y, quizás, con el apoyo de un rango más amplio de profesionales.
Introducir el bienestar animal en la educación formal
La educación formal es la educación institucionalizada, graduada cronológicamente y estructurada jerárquicamente. Es la educación "oficial" que abarca desde la escuela inicial (pre-primaria) hasta los últimos años de universidad.
Para promover el bienestar animal, es muy importante que el respeto hacia los animales se incorpore en la educación formal, ya que ésta afecta en gran medida a las actitudes de los estudiantes. Si bien la currícula educativa de la mayoría, sino todas, las escuelas del mundo cuenta con aspectos de educación en valores o humanitaria, el bienestar animal es frecuentemente dejado a un lado.
Para poder incorporar el bienestar animal dentro de la currícula educativa, las protectoras de animales deben concentrarse en los educadores y no en los alumnos. La razón principal por la que el bienestar animal es ampliamente ignorado en la educación formal es porque los educadores deben cubrir otras áreas y no disponen de tiempo ni recursos para enseñar sobre el respeto hacia los animales.
La educación para el bienestar animal debiera estar incluida en la currícula de cada nivel (por lo menos en la educación primaria y secundaria), y no ser un extra inútil que hace a un lado a los profesores y educadores. Para esto, debe ser parte de una transversal que permita incluir estos temas en diferentes materias, y no se debe dejar sólo a cargo (si es que lo está) de las ciencias naturales o la biología.
Por ejemplo, la historia de la perra Laika forma parte de la historia de la carrera espacial que disputaban los Estados Unidos y la antigua Unión Soviética. Al mismo tiempo, la manera en que se trataban a los animales empleados en los programas espaciales, reflejaba las prioridades y mentalidad política de esos dos países en aquella época. Se puede aprovechar ese tipo de historias para hacer notar el maltrato al que fueron y son sometidos los animales, y analizar si realmente era necesario.
El aspecto fundamental para incorporar el bienestar animal en la educación formal es que se incluya en la formación de los educadores. No se trata de dar más charlas a los estudiantes de colegio, sino de apuntar a las organizaciones que pueden actuar de palanca para levantar la educación para el bienestar animal: los institutos normales y las facultades de ciencias de la educación.
Desarrollar y aplicar estrategias de seguimiento y evaluación
Además de las consideraciones sobre la implementación del bienestar animal en la educación formal, y de la optimización de la educación no formal, el seguimiento y evaluación de las actividades educativas es fundamental.
Aunque se han hecho varios intentos de implementar el bienestar animal en la educación formal e informal, pocas veces se han hecho seguimientos y evaluaciones de tales intentos. La carencia de evaluaciones científicas impide que se puedan diseñar programas y actividades educativas más efectivas, o eliminar aquellas que no cumplen su cometido.
La educación para el bienestar animal tiene que crear, ante todo, actitudes y hábitos que reduzcan el maltrato y abandono de animales. Más allá del conocimiento transmitido, se deben crear hábitos de respeto por los animales que deriven en trato humanitario y reduzcan la crueldad.
Para saber qué actividades funcionan, cuáles no y cuáles se pueden mejorar, es necesario que se haga el seguimiento y la evaluación de esas actividades. Por supuesto, dicha evaluación debe ir en función a resultados esperados en el mediano y largo plazo, no en el corto plazo.
Se han propuesto algunas maneras de evaluar este tipo de educación, pero todavía son propuestas incipientes. Lo ideal para desarrollar metodologías adecuadas de seguimiento y evaluación sería que se celebren convenios entre las protectoras de animales y las facultades de ciencias de la educación. Las protectoras de animales obtendrían mejores herramientas para reducir el maltrato animal y las facultades de ciencias de la educación tendrían un campo muy interesante de investigación en educación.
La evaluación es fundamental para poder implementar seriamente la educación para el bienestar animal. Sin evaluación que diga cómo marchan las cosas no hay forma de saber el impacto real de las actividades llevadas a cabo y, por tanto, tampoco se puede esperar mucho apoyo para estas actividades.
En definitiva, la educación puede ser una herramienta muy útil para reducir el maltrato y la crueldad hacia los animales, pero sólo si se toma seriamente. Quizás los tres aspectos mencionados (optimizar la educación no formal, incorporar el bienestar animal en la educación formal y desarrollar métodos de seguimiento y evaluación) no sean suficientes, pero pueden constituir un punto de quiebre que ayude a llevar la educación para el bienestar animal a un nivel superior.