Cuando un amigo se va

Es triste cuando un amigo se va. Sus recuerdos nos duelen, especialmente los más hermosos, pero no podemos dejar de pensarlos. Nos damos cuenta de que dábamos por sentada su presencia a lo largo de toda nuestra vida sin comprender que su tiempo era más corto que el nuestro. Y el dolor nos destroza.

Hoy cuando digo "amigo" quiero decir "ese perro mío que me acompañaba todas las tardes al parque después del colegio", "esa perrita que vio crecer a mi hijo y lo protegía como si fuera suyo", "ese cachorro que destrozaba todas mis medias y zapatos, y le sacaba canas verdes a mi mamá". Quiero decir Toby, Fanny, Becky, Hromme y tantos otros nombres más.

Y cuando ese amigo se va sentimos unas ganas desesperadas de llorar. Ganas de contarle a alguien el dolor que sentimos... pero nos da vergüenza. Al fin y al cabo no era más que un perro, ¿verdad?

¡Pero es que era más! ¡Mucho más! Ese perro que se nos fue era más que un amigo. Era parte de nuestras familias. Era parte de nosotros mismos.

Por eso, no tengas pena de llorar y de contar tu dolor. Escríbele una carta a tu cachorro adorado. Habla con tus amigos y familiares. Visita el parque donde paseaban y abrázate con tus amig@s perreros. Has el duelo que tengas que hacer para superar tu dolor. No te preocupes por quienes no te comprendan. Nosotros nos comprendemos.

Y no te culpes. Nunca te culpes por la partida de tu amigo. No pienses "si hubiera hecho tal o cual cosa...". Tú le diste lo mejor de ti. Recuerda que de no haber caído en tus manos, ese perro podría haber terminado en la calle o sufriendo constantes malos tratos. Le diste una buena vida llena de amor y eso es lo que cuenta.

Quisiera poder ayudarte a decir adiós pero no puedo. No se cómo hacerlo. Nunca lo supe. Porque para mí esos amigos nunca se van. Se quedan en nuestras conciencias y nuestros corazones.

Recién cuando nos dejan físicamente caemos en cuenta de lo tanto que nos han cambiado, de los hábitos que tan sutilmente nos han impuesto, de la forma de vivir que hemos abrazado, del amor a la vida que ahora disfrutamos gracias a ellos. Recién entonces nos damos cuenta que han dejado de ser seres diferentes para formar parte de nosotros y han dejado de vivir en esos pequeños y peluditos cuerpos para cohabitar los nuestros.

Por eso, en lugar de "adiós" quizás sea mejor decir "bienvenido".

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